
Qué cerca estás de las naranjas,
qué cercana tu mano de pájaro que no se desliza,
se aferra sola, tan cerca.
Qué brillo hay en tus ojos,
directos, peces de la luz;
el adulto que has abandonado
para convertirte en árbol me da sombra,
no dice nada,
sólo sombras ha de darle
a las naranjas que reposan en tu cuello casi.
Después la rama que sostiene tu estructura,
parece indicarte los encuentros,
parece entablar arrimos,
llevar el ritmo,
completar el ciclo que no es calle,
ni agua misma;
es el círculo naranja que repasas,
el tronco guarecido de mi rabia,
la infinita pubertad de mi sarcasmo,
tu frente humana que suplica beso,
rama, jugo desprendido de una cáscara partida.
Qué cerca estás de las naranjas, tanto;
el tronco agazapado y vivo,
no completando el paisaje,
memorizando sólo,
rozando con su piel los poros,
besando la membrana enamorada, rodeándole.
El brazo de tu abrazo a media luna,
lánguido y perfecto,
parece enardecer rumbo a la hectárea que me siembra,
parece que escarbara para dar con la semilla,
dedos apurados, despertando los atajos;
uñas amarillas de trepar por la naranja,
abriendo todo al paso,
llegando hasta el albedo.
Qué cerca estás, humano mío,
que cerca tu pelo del codo,
tu boca clareando en la tela,
tu oído tallando la pulpa,
mirando de cerca la piel.
Qué cerca estas de las naranjas;
!extiende la mano, salta!,
regodea tu sudor en mi amasijo,
que ha de volverse tu agua y la mía,
extracto, líquido y salsa de hojas,
de selva y de fe.
Qué cerca, qué cerca ¡dios! de las naranjas…